¿Pueden los hongos ayudarnos a prevenir los incendios forestales?
Cuando pensamos en la prevención de incendios forestales, solemos hablar de desbroces, ganadería extensiva, quemas prescritas o gestión forestal. Pero hay otro actor, mucho menos visible, que podría tener un papel importante en la resiliencia de nuestros bosques: los hongos.
Los hongos son los grandes recicladores de los ecosistemas forestales. A través del micelio (la red subterránea que constituye la mayor parte del hongo), descomponen la madera muerta, las ramas caídas y la materia vegetal acumulada en el suelo, transformándola en nutrientes disponibles para el resto de la vida del bosque.
Y aquí surge una pregunta fascinante:
si favorecemos la actividad de los hongos descomponedores, ¿podríamos reducir parte del combustible disponible para los grandes incendios forestales?
Los hongos: los grandes gestores invisibles del bosque
Especies saprofitas como Pleurotus ostreatus, Pleurotus pulmonarius, Trametes versicolor o Phanerochaete chrysosporium son capaces de degradar lignina y celulosa gracias a enzimas extraordinarias como las lacasas y las peroxidasas.
Estos organismos llevan millones de años haciendo un trabajo esencial: convertir la madera muerta en suelo, fertilidad y nueva vida.
Sin los hongos, los bosques serían inmensos cementerios de troncos acumulados.
En cierto modo, los hongos son los bomberos silenciosos de los ecosistemas forestales.
Además, su papel va mucho más allá de la descomposición. Los suelos ricos en actividad fúngica retienen mejor el agua, mantienen una estructura más estable y son más resilientes ante los periodos de sequía, un aspecto especialmente relevante en el contexto climático actual.
El proyecto Peaks to Prairie
Este potencial es precisamente una de las ideas que explora el cortometraje documental Peaks to Prairie, producido por Free Range Films y proyectado durante el Fungi Film Fest, festival de cortometrajes de temática fúngica que tuvimos la suerte de coorganizar en el cine Zumzeig de Barcelona el pasado 2025.
El documental sigue un proyecto desarrollado en Colorado donde la biomasa generada por los trabajos de prevención de incendios y aclareo de los bosques se transforma en astillas y se inocula con hongos descomponedores.
El objetivo no es simplemente eliminar residuos forestales, sino convertir ese material en un recurso capaz de regenerar suelos agrícolas degradados y devolver nutrientes al territorio.
Lo que antes se consideraba un residuo se convierte en una herramienta para restaurar ecosistemas.
Es una manera diferente de entender la gestión forestal: no como una lucha constante contra la naturaleza, sino como una colaboración con los procesos que esta lleva millones de años perfeccionando.
Pero el problema de los incendios no es solo ecológico
A menudo hablamos de los incendios como si fueran un fenómeno exclusivamente natural.
No lo son.
Los grandes incendios son también el resultado de un territorio progresivamente abandonado.
Durante generaciones, pastores, campesinos, carboneros, leñadores y silvicultores mantuvieron paisajes en mosaico, con bosques abiertos, campos cultivados y zonas de pastoreo que actuaban como auténticos cortafuegos naturales.
Aquellos paisajes no existían por casualidad.
Existían porque había personas que se ganaban la vida cuidándolos.
Hoy muchos de esos oficios desaparecen.
No porque hayan dejado de ser necesarios, sino porque a menudo se han vuelto económicamente inviables.
Y a esta dificultad se suma, con demasiada frecuencia, una burocracia creciente que dificulta enormemente la gestión activa del territorio.
Permisos, trámites y procesos administrativos que pueden alargarse meses o años mientras el combustible sigue acumulándose en los bosques.
Resulta paradójico que en un momento en el que prácticamente todo el mundo coincide en la necesidad de gestionar los bosques, muchas de las personas que podrían dedicar su vida a hacerlo se encuentren con cada vez más obstáculos para poder trabajar en ello.
Quizás la pregunta no es solo cómo apagaremos los incendios del futuro.
Quizás la pregunta es quién cuidará los bosques para que esos incendios no lleguen a producirse.
Un nuevo clima, nuevos riesgos
A todo esto se suma una realidad difícil de ignorar: nuestros veranos ya no son los de hace treinta años.
Las temperaturas aumentan, las olas de calor son más frecuentes y prolongadas, los periodos de sequía se alargan y la humedad de los bosques disminuye año tras año.
Los bosques mediterráneos siempre han convivido con el fuego.
Lo que está cambiando es la intensidad, la velocidad y la capacidad destructiva de los incendios que vemos hoy.
Cada vez hay más días con condiciones capaces de generar grandes incendios forestales que superan la capacidad de extinción de los equipos de emergencia.
Y a pesar de ello, la conciencia colectiva sobre este riesgo a menudo sigue siendo limitada.
Seguimos pensando en los incendios como episodios puntuales del verano, cuando en realidad son la consecuencia visible de un problema que se construye durante décadas.
La prevención no empieza cuando aparece el humo en el horizonte.
Empieza mucho antes.
Empieza en la gestión de los bosques, en el apoyo a los oficios que cuidan el territorio, en la recuperación de los mosaicos agroforestales, en las decisiones políticas y también en nuestra capacidad colectiva de entender que el paisaje que queremos conservar necesita ser habitado, trabajado y cuidado.
Los hongos no sustituyen a las personas
Los hongos pueden ser una herramienta extraordinaria.
Pueden acelerar la descomposición de biomasa, regenerar suelos, aumentar la retención de agua y contribuir a ecosistemas más resilientes.
Pero nunca sustituirán el trabajo de las personas que habitan y cuidan el territorio.
La prevención de incendios probablemente no vendrá de una única solución tecnológica.
Vendrá de la combinación entre conocimiento ecológico, gestión forestal, pastoralismo, agricultura regenerativa y comunidades rurales vivas.
Los hongos forman parte de esta conversación.
Pero también forman parte de ella los pastores que abren caminos con sus rebaños, los silvicultores que gestionan los bosques y las personas que deciden quedarse en el territorio y cuidarlo.
Quizás la mejor estrategia contra los grandes incendios no sea solo invertir más recursos en apagar fuegos.
Quizás sea volver a invertir en las personas que, día tras día, impiden que esos fuegos lleguen a existir.
Y quizás también sea empezar a mirar un poco más bajo nuestros pies.
Porque bajo el suelo del bosque hay una red invisible que lleva cientos de millones de años conectando, reciclando y sosteniendo la vida.
Los hongos no apagarán los incendios por nosotros.
Pero quizás nos puedan ayudar a recordar algo esencial:
que la salud de los bosques depende tanto de los organismos invisibles que los habitan como de las personas dispuestas a cuidarlos.
Puedes ver el cortometraje completo "Peaks to Prairie" producido por Free Range Films a través del siguiente ENLACE. ¡Esperamos que te inspire tanto como a nosotros!